Palos y trabajos

¿Qué relación pueden tener tres palos y el origen de la palabra trabajo? La palabra trabajo procede del latín tardío tripalĭum, que literalmente significa ‘tres (tri) palos (palium)’. ¿Pero qué tienen en común estos tres palos con esa ocupación remunerada que actualmente llamamos trabajo?

El tripalium era un instrumento de tortura medieval compuesto precisamente por tres palos o estacas, uno en vertical clavado al suelo y dos cruzados en forma de aspa en los que se amarraba al preso para someterlo a azotes, latigazos y otros padecimientos.

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De este tripalium derivaría en latín vulgar un verbo tripaliare (con el sentido de ‘torturar o torturarse’), que evolucionaría con el tiempo (>trebajare) hasta convertirse en nuestro trabajar, ya con el significado actual.

El trabajo ─aún hoy definido por el DRAE en su novena acepción como «penalidad, molestia, tormento o suceso infeliz»─ es, por tanto, heredero de ese sentido de tortura y dolor que las labores (hijas del desbancado laborāre latino) más duras pueden provocar en el cuerpo y mente de los sufridos trabajadores.

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El tesoro prohibido

Estaba en el último cajón del ropero de mi madre, al fondo, oculto entre las sábanas sin estrenar del inmenso e inútil ajuar que bordara en su adolescencia mientras aún esperaba conocer a mi padre. En su cubierta, el dibujo de dos sonrientes muchachos tumbados en las ramas de un árbol, a la orilla de un río; y unas letras que yo no sabía descifrar.

Cuando nadie me veía me escapaba al dormitorio grande, cerraba la puerta, y sigilosamente sacaba el libro de su escondite. Lo ojeaba, miraba los dibujos –aquellos niños, la anciana gruñona, la hermosa niña de trenzas rubias, el indio amenazante…– y me concentraba en aquellas letras intentando en vano interpretarlas.

La mayoría de las veces era pillada in fraganti y me caía la monumental. Otra vez esculcando en sus cosas, otra vez cogiendo el libro prohibido, otra vez desobedeciendo. Con esto no se juega, esto es un recuerdo de la abuela, la abuela ya no está, era de mi madre, ¿es que no entiendes?, no toques ese libro, como lo rompas te mato, como lo vuelvas a tocar vas a saber quién soy yo, vete de aquí. Y me iba envuelta en lágrimas, con el corazón encogido, no tanto por la ira materna sino por haber sumado un nuevo fracaso a mi lista de intentos fallidos.

Días más tarde, la curiosidad volvía a envenenar mi vocación de dócil hija y me llenaba de valor para reemprender la misma peligrosa aventura: pasar un rato con aquel libro entre las manos, sentada en el suelo, pasando las páginas, reconociendo las primeras letras, la primera palabra… ¡ya tenía una! Algún día, todas serían mías y sabría lo que le pasaba a aquellos niños con aquel indio, y por qué pintaban de blanco aquella valla, y por qué el que más veces aparecía en los dibujos sonreía con picardía…

Las aventuras de Tom Sawyer, Mark Twain. Eso era lo que decían las letras de la cubierta. El poder era mío. Nada me detendría. ¡Tom! Nadie responde. ¡Tom! Nadie responde. ¿Dónde se habrá metido ese demonio de chico? La anciana miró por encima de sus anteojos… Aún hoy me sé de memoria la primera página de aquel libro. Nunca olvidaré el día que pude leerlo completo ni el momento en el que mi madre me lo regaló al comprender que, lejos de romperlo, cuidaría como nadie de aquel tesoro suyo tristemente heredado.

Ese fue mi primer libro. El que me hizo desear aprender a leer antes de tiempo. El que sembró en mí la sed de otras vidas distintas encriptadas en letras, el ansia de aventuras entre líneas. Lo descubrí en el último cajón del ropero de mi madre, al fondo, oculto entre las sábanas, sin estrenar casi, sin que nadie lo hubiera leído en los últimos treinta años, como si él mismo fuera parte del inútil ajuar guardado, cerrado y mudo mientras esperaba conocerme.

 

¿Quién es el sursuncorda?

Quizás alguna vez hayáis oído o usado una expresión similar a «Eso no lo hago ni aunque lo mande el sursuncorda» o «No me mueve de aquí ni el sursuncorda»; pero ¿quién es el sursuncorda contra el que nos rebelamos?

El diccionario de la RAE nos dice que es un «supuesto personaje anónimo de mucha importancia». Yo os digo que el sursuncorda realmente no es nadie; y me explico:

Como muchos otros términos de nuestra lengua, la palabra sursuncorda deriva del latín, en este caso de la expresión formada por el adverbio sursum (‘arriba’) y el sustantivo corda (‘corazones’), que en conjunto significa ‘arriba los corazones’.

Esta frase era utilizada por el sacerdote en la liturgia de la misa católica, concretamente en el comienzo del prefacio (es la que actualmente se conserva traducida como «Levantemos el corazón»).

Pues bien, tras pronunciarse este «sursum corda», los fieles contestaban poniéndose de pie. Pero imaginemos por un momento aquellas misas latinas: algunos de los que asistían por obligación y sin devoción, cuando la liturgia lo mandaba, no se levantaban de sus asientos con las susodichas palabras; digamos entonces que no los movía ni el «sursum corda» pronunciado por el sacerdote.

Así, se originaría este tipo de expresiones en las que el sursuncorda, ya no como frase latina sino como palabra castellana, vendría a designar una especie de poder supremo (un supuesto personaje anónimo de importancia, según el DRAE) contra el que nos oponemos para no hacer algo.

En definitiva, esta es una expresión más para recordar (verbo, por cierto, con preciosa etimología: del latín re-cordare, literalmente ‘volver a pasar por el corazón’) el peso de la lengua latina en nuestro vocabulario cotidiano. No en vano el cord, cordis (‘corazón’) romano late en nuestro castellano en palabras como misericordia, cordial, discordia, concordia, incordio, acordar, cordura, coraje… y otras tantas que demuestran que los pulsos del latín siguen hoy vivos. ¡Arriba los corazones!

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Una isla literaria en San Bernardo

«¡Dios!», dijo, «cuando le vendes un libro a alguien no solamente le estás vendiendo doce onzas de papel, tinta y pegamento. Le estás vendiendo una vida totalmente nueva. Amor, amistad y humor y barcos que navegan en la noche. En un libro cabe todo, el cielo y la tierra, en un libro de verdad, quiero decir. ¡Repámpanos! Si en lugar de librero fuera panadero, carnicero o vendedor de escobas la gente correría a su puerta a recibirme, ansiosa por recibir mi mercancía. Y heme aquí con mi cargamento de salvaciones eternas. Sí, señora, salvación para sus pequeñas y atribuladas almas. Y no vea cómo cuesta que lo entiendan. Sólo por eso vale la pena. […] Eso es lo que este país necesita: ¡más libros!»

Christopher Morley

La librería ambulante, Periférica

Más libros leídos, entiéndase; este país ─este mundo─ necesita más lectores y más librerías, y, si me dejan elegir, puntualizo: más librerías pequeñas, librerías de las de librero vocacional, de las que se abren con el corazón más que con la calculadora en la mano. Porque, como apuntaba Jorge Carrión en su magnífico ensayo Librerías (Anagrama, 2013), «todo buen librero tiene algo de médico, farmacéutico o psicólogo», y la vida es mucho menos dañina si se les tiene cerca para recomendarnos el manual de supervivencia perfecto en cada necesidad.

En Sevilla no podemos quejarnos: tenemos espacios literarios con personalidad propia alimentados por soñadores amantes de los libros y la cultura (El gato en bicicleta, La Extravagante, Casa Tomada… son solo algunos ejemplos). Esta semana, en la que ha cerrado sus puertas la librería Beta de Sierpes –una menos–, he tenido la oportunidad de conocer la última de las valientes que ha nacido en Sevilla –una más–, concretamente en el barrio de San Bernardo, en la calle del mismo nombre. La visita merece la pena. La Isla de Siltolá, así se llama este nuevo remanso poético de la ciudad, es el nuevo proyecto de Javier Sánchez Menéndez, poeta y editor, entre otras cosas. Todo en esta librería invita a quedarse atrapado en ella, olvidado el mundo que espera fuera. Las estanterías están llenas de las mejores páginas salvavidas, mucho verso –nunca demasiado– y también prosa escogida, una selección para los náufragos más pequeños, libros de viejo, el Quijote en sus mejores ediciones y, para regar el paladar, algunos vinos. Vayan y buceen en el «azul Siltolá», refúgiense en la isla de la poesía y la buena literatura. Les aseguro que llegarán a buen puerto.

Sin título

Palabras rescatadas (I)

Según la RAE, usamos únicamente unas 2000 palabras de las más de 93 000 recogidas en la última versión del diccionario académico. Eso quiere decir que la mayor parte de nuestro léxico solo nos sirve para engordar el susodicho libro; y es una pena porque en una simple ojeada al diccionario encontraremos palabras hermosas, curiosas, coquetas, sugerentes, biensonantes o no… en resumen, palabras que merecen ser pronunciadas. Por ello, desde este blog, aportaré mi granito de arena mensualmente para intentar salvar alguna de estas palabras olvidadas.

En esta ocasión, os presento a dos de mis preferidas: una porque me encanta su etimología y su sonoridad; otra porque me recuerda a la mujer a la que más veces se la oí de niña, mi madre.

La primera palabra que vamos a rescatar hoy es nefelibata. Según el diccionario, dicho de una persona, significa: «soñadora, que no se apercibe de la realidad». Y ese sentido late en su etimología. Nefelibata viene del griego nephélē (que significa ‘nube’) y –bátēs (‘que anda’), derivado este de baínein (‘andar’): o sea, literalmente nefelibata en griego es ‘el que anda en las nubes’.

La segunda palabra es el verbo esculcar. De él el diccionario nos da dos sentidos generales: «1. Espiar, inquirir, averiguar con diligencia y cuidado. 2. Registrar para buscar algo oculto». Mi madre lo usaba siempre con este segundo sentido para reñirme de niña cuando me pillaba buscando alguna golosina escondida en la alacena (otra bonita palabra olvidada, por cierto). «¿Otra vez esculcando?»… resuena en mis recuerdos infantiles.

¿Conocías estas palabras? ¿Las usas? ¿Eres una persona nefelibata? ¿Tú también esculcabas cajones y alacenas en tu infancia? Los comentarios están abiertos.

Pessoa, gafas y pajarita

Pessoa, gafas y pajarita. Escrito por Jesús Marchamalo. Ilustrado por Antonio Santos. Editado por Nórdica Libros. Apenas 45 páginas de 12 por 15 centímetros para pasear junto a Fernando Pessoa por su vida y contemplar el retrato impresionista de su personalidad, construido en pinceladas de anécdotas y recuerdos de trazos simples pero vivos, con el color brillante de la prosa poética de Marchamalo y el negro sobre blanco de las ilustraciones de Antonio Santos, que no necesitan más floritura para hacer que el poeta luso nos mire desde la página. Breve lectura recomendada para devotos, ateos y agnósticos de Pessoa. Una infancia con olor a linimento, el pánico a las tormentas, el miedo a la locura, la abuela Dionisia, los amigos invisibles, la muerte del padre, un niño de cinco años, el padrastro, la mudanza, la educación en inglés, té con pastas y Dickens, cuellos y puños de almidón; volver a Lisboa, el peor eslogan para la Coca-cola, un trance en la noche, escribir, ser otro, poetas espectrales; Ophélia Queiroz, diecinueve años, mecanógrafa… Hamlet y un beso, cosquillas con el bigote, cartas ñoñas a Ophelinha, adiós, como dos niños que se amaron un poco; su última fotografía borrosa, desapareciendo ya, su mirada, prematura vejez, «No sé lo que mañana traerá», últimas palabras, «Acércame las gafas». Fin de Pessoa, fin de heterónimos, fin de los miedos y de la tarde al anochecer. Leer Pessoa, gafas y pajarita es como asistir a la proyección de esa sucesión frenética de imágenes, sumario sentimental de una vida, que se produce en la mente de aquel que se siente a punto de perderla, en ese segundo que inicia el fin del desasosiego.

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El pedante

Decía Miguel de Unamuno que un pedante es «un estúpido adulterado por el estudio». Si buscamos en el diccionario la palabra pedante, en un primer vistazo nos dirá lo que todos sabemos: que un pedante es aquella ‘persona engreída, que hace inoportuno y vano alarde de erudición, téngala o no en realidad’. Pero si seguimos leyendo veremos que en su tercera acepción el DRAE nos indica que el término tiene un significado hoy en desuso: pedante es el ‘maestro que enseñaba a los niños la gramática yendo a las casas’. La palabra procede del italiano pedante, que a su vez parece estar formada sobre el latín pes, pedis (‘pie’), por aquello de que los docentes iban andando a dar las clases a domicilio, e incluso porque, aparte de maestro, el pedante era el tutor y cuidador de los niños de familias acomodadas que los acompañaba a pie por todas partes. [El pes, pedis latino también está presente en palabras como pedestre, pedal, pedestal, peatón… todas relacionadas claramente con el pie.] Por lo tanto, en el origen, la palabra pedante no tenía el sentido peyorativo que actualmente le damos en español. ¿Cómo lo adquirió? Imaginemos la situación: muchos eran los aspirantes a pedante (a maestro a domicilio) y pocos los puestos vacantes, por lo que los candidatos tenían que pasar unas pruebas selectivas para demostrar que sabían más que sus contrincantes y lograr hacerse con el empleo. Tanta exhibición de conocimientos acabó convirtiendo al que presumía de mayor erudición en un pedante, ya con el sentido despectivo del término desde el siglo XVIII de manera evidente en nuestra lengua. Así, olvidado hoy el pobre profesor andante, el pedante sigue en nuestro vocabulario y en nuestra vida para continuar alardeando de una sabiduría (pretendida y pretenciosa) sin competencia.

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